Cómplices 

Le había estado recordando machacona las insolencias que él dejó escritas en sus cartas 29 años atrás. “No me reconozco”, admitió él molesto. Y la conversación quedó ahí, levitando litigios inconclusos y probabilidades que no llegaron a cuajar. Ella, tan propensa a desmenuzarlo todo, no escatimó minutos aquella tarde en descifrar los porqués de toda aquella historia, que en el fondo, ni siquiera existió. Si él no era capaz de entender al joven que fue, ella, que desapareció de su vida al poco de recibir esas cartas, poco podía argumentar en su contra.

De él realmente solo conocía lo que ahora podía ver al mirarle a los ojos, su honradez, pero también esa tendencia contradictoria a tentar al peligro, a retar a su suerte, a coquetear con la incertidumbre. Y aún con todo, ella decidió que estaba cansada, que había ya rendido demasiadas cuentas al escepticismo, que casi 30 años más tarde, lo que le apetecía era simplemente estar junto a él.

 “Pero nunca podremos ser amigos…”, le cuchicheó ella ya por la noche. Él, tan parco en palabras, tan terco en sus formas, le obsequió la media sonrisa con la que ella ya contaba.

 Y es que la complicidad es el acero de las relaciones.

Saludos surrealistas desde El Olimpo
Afrodita Repipi

 

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