Distorsionando a Rousseau

Había dos rosas secas en su escritorio, dos por cada año que había pasado desde la última vez que recordaba ser feliz. Por cada revés que le daba la vida, supo ser relativamente valiente, no se sonrojó cuando se tuvo que humillar, ni se acurrucó en lágrimas las noches de mayor pesar. Cumplía rutinas para sentirse seguro, se encomendaba a aquel Dios tan esquivo cuando necesitaba mayores fuerzas, y miraba al cielo cuando viajaba buscando la sonrisa de lo que él denominaba “los que se fueron”.Hoy masticaba a solas el almuerzo frugal, mirando a aquellas rosas mustias, cuando una idea le invadió el cerebro, como un cáncer arrasando las últimas células de fe que aún albergaban su alma: “estoy solo”, pensó. Y repitió con voz débil, pero audible: “estoy solo”.

Siguió desgranando curioso ese nuevo sentimiento, recordando los años pidiendo un rayo de luz a un Dios que simplemente no se manifestaba, justificándole, que “como estaba el mundo” no podía exigirle clemencia. Se sintió ridículo por el mercadeo mantenido con Él durante aquellos años de súplica, por sus “si me sacrifico, Dios me recompensará”, ¿quién le envenenó con esa lógica absurda, imposible, a todas vistas, ineficaz?.

Pensó en sus conversaciones con el cielo, hablando a solas a…¿su padre?, ¿a su abuela? … o simplemente, ¿a la nada?. Ellos se habían ido hacía mucho tiempo, habían muerto, punto. Si su padre, que le adoraba, hubiera sabido de sus tribulaciones, ¿le habría dejado, así, abandonado, abatido, indefenso?, ¿su abuela, habría estado ignorando sus ruegos durante dos largos años? Absoluta y tajantemente no. Tan solo no llegó el mensaje, porque cuando se fueron, se acabó todo, no quedó nada. Maldijo a su madre con esas ideas absurdas, cuando menos, indecentes, proyectando una nueva vida y poder infinito a los que se habían ido. Supersticiones, quimeras, fetichismo, nada era verdad, excepto que estaba solo, y a partir de ahí, tenía que actuar. Que no iba a llegar el golpe de suerte, que ni había dios, ni santos, ni nadie más allá que él mismo podía hacer algo para escapar del atolladero en el que se encontraba.

Resuelto a concentrar sus esfuerzos no en el más allá, sino en el acá inmediato, recogió las rosas secas, las destrozó con desprecio, y en contra de lo cualquiera pudiera esperar, se sintió liberado. Para ser malvado, porque si no había un Dios compensador, ¿iba acaso a existir un Dios castigador?, para retar los principios familiares, su padre ya no estaba para tener que respetar nada, y para odiar a todo el que le había hecho la vida peor, que en el cielo solo había nubes, que todo lo más, descargarían lluvia, pero ninguna ira sobre él.

Y así fue cómo la realidad venció y convirtió a nuestro protagonista en un ser abominable. No se asusten, sucede todos los días.

 Saludos desde El Olimpo

 Afrodita Repipi 

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