Solo para mí

Cuando llegué a casa, ellos me esperaban alborozados al grito de has visto qué raro el color del cielo. “Sí, se ve raro”, les mentí. Porque ellos no podían saber que después de un día gris de invierno, casi al anochecer, si el cielo adquirió ese color blanquecino y brillante, fue solo por mí.
Yo, que minutos antes trotaba en el autobús, como siempre: cabizbaja, rumiando, enumerando mis desgracias. Al pensar en lo único que me alienta a levantar por las mañanas, me acordé de pronto de él. Le relaté finalmente por qué ya no le hablaba. Le desbrocé mis culpas, mis vergüenzas, mis remordimientos. Y entonces pasó: el cielo se abrió, no cambió al azul o al rosa del final de la tarde, sino que se convirtió en un amanecer a deshora, en destellos plateados para remendar la angustia. 
Y si ahora les digo que aquel cielo fue por mí, dejarán de creer en divinidades, providencias o en las ciencias. No, no puedo aclarárselo.  

Pero aquello, ocurrió solo por mí.

Saludos desde El Olimpo,

Afrodita Repipi

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