Breve metáfora del ánimo

Aceleré el pasó conforme la lluvia arreciaba, al final logré encontrar refugio en un soportal oscuro, estrecho, casi oculto por las entradas de dos tiendas que colgaban la mercancía en la calle con la agresividad que acompaña a la oferta falsa. Allí por fin me eché a llorar. Tímidamente, con los ojos cerrados, notando como las lágrimas me abrasaban más las mejillas después del sofoco de la carrera anterior y el calor de aquel verano prolongado. Pasados los instantes de más dolor, abrí los ojos, pasó gente, oí sus gritos, pero yo seguí ahí, inerte, enrojecida en penas. La nariz cerrada por el llanto me atrajo a la realidad cuando yo ya volaba con la idea de acabar con todo, de descansar de ti para siempre, de hacerte daño con mi huida. 

Me calcé de nuevo mis zapatos rojos, bajé la mirada, miré mis manos sucias de tinta, apenas unos meses enlazadas a ti, ahora que te habías convertido en un extraño, alejadas de las tuyas. Sequé mi cara y el cuello con un pañuelo que encontré perdido en el bolso, carmín en los labios, salí hacia adelante. El chico arropado en una de las tiendas me silbó, hice el simulacro de detenerme para darle aliento o asustarle, igual me daba, luego continué despacio y desafiante, empapada en lluvia, con el corazón ya enterrado en aquel portal y la libertad enredada en mi alma.

 Saludos desde El Olimpo

 Afrodita Repipi

 

 

 

 

 

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