Rocío

Apagó el móvil casi con una mueca agria, lo miró con desprecio, solo que el desaire no se dirigía al objeto sino al mensaje del que era portador. Dio algunos pasos hacia la ventana, apoyó la cabeza en el cristal empapado en rocío, y allá se quedó mirando sin ver, abstraída en el revoltijo de sentimientos que no le permitían estar en paz.
Muchas veces se confunde amor con costumbre, y a esta con deber y ahora lo empezaba a descubrir. Que era curioso, que prefería que él la hubiera engañado, que eso, ya se lo había asegurado a él tantas veces en su intento banal de hacerla sentir celos, le daba igual. Lo que le molestaba, lo que le costaba llevar, era sentirle ridículo, empequeñecido, cobarde. Le partía el alma ser consciente que de admirarle había pasado a querer evitarle, que de tenerle siempre en sus pensamientos, a ni apetecerle nombrarle. Y ahora, tantos esfuerzos que hacía por recobrarle como fue, le parecían inútiles. Que cuando alguien te produce pena, es imposible que se le vuelva a respetar. Le cruzó la ruptura el pensamiento y sacudió la cabeza en una negación inútil.

Se apartó de la ventana con paso firme, se sentó frente al ordenador y empezó a buscar qué tenía pendiente, las lágrimas se las sorbió el orgullo, sus dedos se movieron torpes por el teclado hasta alcanzar el ritmo que la concentración imponía. 

Otro día más sin vida, ninguna historia que añadir a sus horas. Pasó página y la mentira, como sucede cuando se carece de ambición, continuó su destino. 

 Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

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