Vida fácil

Estábamos discutiendo sobre las bobadas que trae el verano a la televisión, y de ahí, como suele suceder cuando a uno le embriaga un buen café, pasamos a discutir cuestiones más profundas. Él me decía que una mujer no puede ser prostituta y luego quejarse –llevar a la tele- los problemas que tiene con sus hijos, echar en cara sus sacrificios y demás. Yo noté la hinchazón de mi vena feminazi latente y a punto de soltar algún que otro exabrupto, pero la combustión estival me aciguata, y más que razonar, dejé de reaccionar, y le permití seguir con más ejemplos: “no se puede querer ser CEO de multinacional y padre del año al mismo tiempo; ni querer un hijo número uno del deporte que a su vez traiga notas cum laude y cum lo que sea”. Y entonces le conté el caso de esa excompañera tan exitosa, que se mudó a principios de año a más de 400 km de su casa, dejando en nuestra ciudad, marido y dos hijas que no superan los cinco años. Le conté cómo ella me aseguró que con los avituallamientos necesarios (entiéndase: empleada para la limpieza, para cuidar a las nenas etc.), todo es posible, que, la cité, “los límites los impone una misma”. Decidí ser sincera y le confesé cómo le había llegado a tener envidia, a veces me llegaban fotos de ella, guapísima, haciendo una mueca graciosa desde un aeropuerto en América o soplando un vino especiado desde un Estocolmo pulcro y nevado, mientras yo, seguía enclaustrada en mi trabajo mediocre, batallando con los niños obsesionados con el dichoso iPad, y oyendo a mi marido roncar noche tras noche. Y entonces él me preguntó, “¿y tú por qué no has hecho igual?“. Hice amago de dar una respuesta rápida, pero no llegué a emitir sonido alguno. La respuesta merecía ser meditada.

Unos instantes, un sorbo pequeño al café, la servilleta en mis labios, le miré desafiante y renovada y le contesté: “pues no lo hice por amor” .

¿Quieres decir que tu excompañera no siente amor por su familia?”, me respondió.

Y entonces le razoné, que no sabía de los sentimientos de mi amiga, que solo podía justificar mis decisiones, que al cabo de los años, cuando el saltar de aeropuerto en aeropuerto o el vino en Estocolmo ya no me produjera ilusión alguna, cuando descubriera que mi marido y mis hijos no eran más que unos extraños para mí, mi vida no tendría sentido alguno, porque no tendría el amor que elegí. Le admití que contra todo pronóstico, esa vez, le daba la razón. Que la vida es cuestión de elecciones, lo queramos asimilar o no, porque nadie puede tenerlo todo sin renunciar a algo.

Y volvimos a la prostituta llorona de la televisión, quejumbrosa porque sus hijos se avergonzaban de ella, y tuve que aplacar mi orgullo de género, porque ciertamente, prostituirse en ambiciones y esperar recompensa de quienes sacrificas, sencillamente, no es posible.

Saludos desde El Olimpo 

Afrodita Repipi

 

 

 

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