Historias de A (II)

 Hay una foto que siempre que la veo no puedo evitar que me sofoque la pena en el corazón. Es esa que nos tomó tu tía casi sin avisar, aquel verano en la casa de la playa. Yo estoy sentada, vestida de rosa, sola, reclinada hacia la mesa, volviendo la cara a la cámara, mirando hacia ti y tu padre, que jugáis animados en una mesa de ping-pong que teníamos en el jardín.

Tú estás vestido tan solo con aquel bañador azul y rojo de tu equipo de fútbol, apenas alcanzabas entonces la pubertad, pero ya se intuían las trazas del hombre que eres hoy. Miras a la cámara con expresión de victoria, sonriendo, casi riendo, e ignorando mi cara vuelta hacia ti. Tu padre te mira embelesado mientras su cuerpo se mueve caminando hacia ti, supongo que para abrazarte, como siempre hacía cuando perdía –o te dejaba ganar- al jugar contigo.

Fue aquel un verano de mucho calor, en el que empezaste a descubrir las ventajas de vivir historias que ya no te apetecía compartir, en el que levantaste los muros finales de tu personalidad. Mi precioso niño, el ser por el que frustraciones y decepciones se justificaban, no solo te hiciste mayor en aquel absurdo verano, sino que comenzaste a distanciarte de mí. Y a mí, que siempre he sido de amor aséptico, me cogió por sorpresa descubrir que de pronto habías dejado de abrazarme por la espalda cuando cocinaba, o de besarme largo, con los ojos aún cerrados al despertar. Me costó desenvolverme en el desconocimiento de tus gustos y tus penas, me rebelé en reproches a los silencios que te envolvían ya desde aquel verano, cada vez que coincidías a solas conmigo.

Y con todos los años que hemos ido acumulando atrás, yo no he enterrado aún mis esperanzas de tu amor a mí, porque en ese breve instante que sucede cada vez que tu mirada se cruza conmigo yo aún veo a mi pequeño, y lo sé, tú aún ves a tu madre. 

Y créeme, con ese lapso diminuto, esa foto que me araña el alma, se reduce al trozo de papel que captó lo que era inevitable: creciste.

Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

 

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