Los olivos

Apagó el televisor con los ojos aún pegados, dio unos golpes en el regazo de ella para hacerla despertar. Casi no se movió. “Es tarde” le susurró, de su cuerpo salieron algunas palabras quejumbrosas, “es verano”, quiso entender. Sería verano, pero a él le esperaban al día siguiente diez horas de trabajo bajo un calor sofocante, con ese insoportable uniforme, esas botas pesadas y esa soledad enojosa.

El dormitorio del niño estaba al final del pasillo y arrastró sus pies hacia allí maldiciéndose por el camino por haber sucumbido al sofá y al mando a distancia. Miguel dormía bocarriba, con los brazos extendidos, con una placentera expresión de serenidad en su rostro infantil. No pudo resistir la tentación de sentarse despacio a su lado, en el borde de la cama, mirarle y sonreír, y sentir unos deseos irrefrenables de besar su cara perfecta, de rogarle al Dios en el que no creía que le protegiera, que Miguel no tuviera ni que oler lo que él vivió. Y fue así que se transportó con sus recuerdos a aquel Renault 5 de color rojo, a aquella carretera  zigzagueante, al fuerte hedor a alcohol que despedía el aliento de su maestro cuando apartaba la vista de la carretera para reprenderle por los brincos que su cuerpo menudo no podía reprimir ante cada curva, enfilada con la velocidad imprudente con la que aquel hombre forzaba el coche.

No podía culpar a sus padres de que le obligaran a ir con aquel peligro alcoholizado al volante, de hecho ahora mismo se planteaba por qué él mismo nunca les dijo que Don Francisco le retenía una hora en el bar antes de ponerse en marcha de vuelta a casa tras la jornada escolar. Para sus padres irónicamente era una tranquilidad verle de vuelta en el pueblo nada menos que junto al maestro –previa obvia remuneración, que el tipo se despachaba a base cubalibres- y realmente no había alternativa, o el transporte de Don Francisco o no ir a la escuela. Por aquella época que un niño fuera o no a la escuela, importaba poco, y menos aún en la aldea en la que creció, donde algún vecino hubiera llegado incluso a tachar a sus padres de snobs si hubieran conocido esa palabra. A los diez años algunos niños ya permutaban la escuela por el campo de olivos, orgullosos de traer un medio jornal a casa y de haber caído en gracia al patrón.

Y sonrió de nuevo sumido en sus recuerdos, alejándose despacio de la cama de Miguel. Más de treinta años habían pasado, y algunas cosas sí que habían cambiado, al patrón le sucedió el hijo en el latifundio, como estaba estipulado, pero al golpe de una democracia más asentada, no hubo ya reparos en expropiar las tierras. Nunca se supo más de la estirpe del amo, solo que este cambio de nombre: de uno con rancio abolengo a Gobierno de blah blah. La recalificación de suelos, trajo por primera vez una escuela al pueblo y a Don Francisco, ya mayor, casado, director de la escuela, se le acabaron sus devaneos por el bar del pueblo vecino, y el extra en sus vicios, financiado por sus padres.

¿Pero, qué había sido de él?  Descartada la ilusión infantil de convertirse en el bandolero justiciero de la tele, ¿acaso su destino había sido mejor que el de aquellos que a los diez ya andaban arrastrando pesadas espuertas por el campo? Tantos proyectos, sus aspiraciones, el aliento de su madre…¿para qué?. Le vino el dolor al alma, la miró a ella que ya estaba encogida en su puesto de la cama, al lado su mesa de noche, con las baratijas que se colgaba a la oreja y los pañuelos de papel para calmar los estornudos que le provocaban su alergia al olivo. Y se sentó a su lado, del mismo modo que hizo en la cama de Miguel. “¿Eres feliz?”, se atrevió a preguntar. Ella le devolvió un “claro”, demasiado rápido y nítido, que le indicó que no estaba dormida, aunque su cuerpo no se balanceo ni un ápice al responder. Titubeó unos instantes, se levantó y se acostó, sin pronunciar más palabras. Y pensó de nuevo en la paz de Miguel, aquello resolvía siempre todas sus dudas, cerró sus ojos cansados y durmió. Ella a su vez, apartó queda su mejilla de la almohada ya húmeda de lágrimas, recogió un pañuelo, se secó los ojos despacio, emitió un suspiro tenue y durmió.

Saludos desde El Olimpo,

Afrodita Repipi

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