Matías

-Las cosas que tiene la vida … Cuando estaba todo mi ser programado para una etapa de tristeza, de nostalgia y llantos, lo normal, vaya, después de una ruptura…que hasta llevaba dos días con las uñas sin hacer… Cuando ya me arrastraba por la calle con gesto fúnebre, ¡zas!, aparece él: Matías. 

¡He sentido un flechazo en toda regla! Nos vimos, nos gustamos y ni lo hemos disimulado. Y además con compañeros, jefes y demás como testigos. Las mariposas no las tengo en el estómago, sino en el cerebro. Que mi jefe me mira con cara de pocos amigos, desconcertado, puntilloso, que si recuerda terminar tal, que si ya enviaste esto otro. Y yo que sí y que sí. Matías me ha generado tal hiperactividad laboral que voy echando tareas atascadas con una facilidad pasmosa. 

Llego a casa y me duermo pensando en su cara, en sus gestos, en cuando entrelaza sus brazos con los míos delante del ordenador y yo no me muevo ni un milímetro, que no quiero que la magia se pierda, que quiero -qué descarada estoy- que sepa que me gusta sentir su calor. Los cafés que nos tomamos furtivos, en los que me esboza su vida y me saca información sobre la mía. Luego a solas, lo pienso, debí hacerme la interesante, no ser tan clara… ¡Ay, pero no puedo!. Me escribe un email: “a las 9.10 un cafecito” (él es que no dice café, sino “cafesito“) y allá estoy yo, esplendorosa, perfumada, maquillaje retocado, batiendo las pestañas y ahogada en sonrisas en cuanto le veo echándome la leche y mis tres sacarinas, que en dos semanas que hace que nos conocemos ya se lo ha aprendido. Y luego se despide de mí, me reparte un beso escueto en la mejilla derecha y cierra los ojos enigmático…. Yo mientras vuelo al cuarto piso, con la risa tonta en la mirada. Buscando, como dice él, otra excusa para coincidir. 

Pero mi Matías se va de la oficina la semana que viene. Y no es que esté triste, la cordura aún no la he perdido, esta vorágine de emails clandestinos y “cafesitos“, mejor que acabe pronto si no quiero acabar con mis patitas en la calle. Pero me tiene en un sinvivir que aún no me haya pedido ni el número de teléfono, podría pedírselo yo, claro. De hecho es que quiero pedírselo YO. Pero no me atrevo a romper este romanticismo costumbrista y tópico que estamos viviendo. 

– Bueno, ¿ y si no te lo pide?.

– Acabaré con una puntita de decepción. Pero ¿sabes? Casi ni le conozco, no tengo planes, Matías es la espontaneidad, es volver a sentir quince años, algo que creía imposible. Me ha devuelto ilusión, ganas de vivir distintas y reconocerme como un ser con otras posibilidades.

– ¡Brindemos por los Matías del mundo!… Y no te olvides de contarnos el siguiente capítulo.

– Cuenta con ello [guiño].

Saludos emocionados desde El Olimpo

Afrodita Repipi

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