Ellos

Que a esas horas de la mañana el ludópata de turno ya estuviera arruinando el amanecer con el chirriante sonido de la tragaperras le irritaba casi más que terminar de leer el periódico. Pero nunca protestaba, ¿qué iba a conseguir?, ser parroquiano del bar desde hacía casi dos décadas no le proporcionaba ventaja alguna ante su propietario, quien probablemente sacaba más rédito de la dichosa máquina que sirviendo cafés a horas infames.

 

Muere un niño de 10 años apuñalado por la pareja de su madre”, cerró de golpe el periódico, alguien se sobresaltó a su lado y él tan solo le enseñó el titular, recibió un asenso de tristeza como respuesta. Soltó las monedas por el café y se marchó despacio, casi sin despedirse. Había mañanas en las que disfrutaba de la tertulia exacerbada por los resultados de los partidos del domingo o por la última burrada del gobierno. Pero aquel lunes se le había agriado la ilusión: ruido, un niño, diez años, muerto, pareja sentimental, madre. 


Llegó a la puerta de su coche murmurando maldiciones, suspiró antes de arrancar e inició la marcha. Entonces empezó a recordar lo que le ocurrió aquella vez, con aquella mujer, la reacción desproporcionada y agresiva que tuvo con él, los gritos de “¿qué te has creído?”, “¡a mí no te acerques!”, “¡a mí no me toques!”, el bochorno que sintió ante la multitud que le miraba con desprecio, algún comentario oyó, “será un acosador”. No se le borraba el desconcierto vivido en aquella ocasión, en la que ni una palabra de autodefensa pudo articular, porque ambos, mujer y audiencia, habían ya sentenciado que su simple ofrecimiento de ayuda, obedeció a, nunca lo supo, alguna falta de respeto, cuando menos.  


Hombres maltratadores, abusadores, acosadores…él no era ni lo uno, ni lo otro. Podía mirar de soslayo a alguna mujer, ¿era eso molestar?, a veces es que no lo podía evitar, ¿le hacía eso un hostigador de mujeres? ¿el hecho de ir algunas con escotes infinitos, faldas escuetas, ropa ceñida…las hacía qué? ¿eran ellas culpables, lo era él o  no lo era nadie?.


Lo cierto es que los tiempos habían cambiado, y para peor, porque estaba confundido, se sentía culpable incluso al dar los buenos días a las seis de la mañana a cualquier vecina paseando con el perro. De hecho es que ya no lo hacía, mejor maleducado, que pasar por la misma vergüenza de aquella ocasión. Su mujer alguna vez le había dicho que debía pasar un día en el cuerpo de una mujer para saber qué se sentía, al caminar por la calle, desde inseguridad, hasta miedo; o en el trabajo, siempre teniendo que hacer más y recibiendo menos…Y tenía razón, debería sentirlo, porque a priori, a él le parecía que exageraba.

Pero maltratar, asesinar a una mujer, y como acababa de leer, matar a un niño. ¿Qué defensa se podía esgrimir ante ese hecho? Por eso se sentía en esos momentos con semejante cabreo, le daba asco ser hombre cuando conocía esas noticias, hasta se enfadaba consigo mismo, y no entendía por qué.

 

El semáforo cambió a rojo y detuvo su coche. Aún andaba en aquellos pensamientos, distraído, cuando se dio cuenta que había posado su mirada durante demasiado tiempo en la conductora del coche de al lado, su instinto le animó a apartar bruscamente la dirección de sus ojos, y sin embargo, debió soñarlo, porque creyó ver que la chica, relajada, le había sonreído. Cuando se atrevió a mirar de nuevo, el semáforo inoportuno, cambió a verde, vio al Smart azul chillón despegar veloz hacia la autopista y con él, el alboroto del pelo largo, desordenado, de aquella desconocida. Aquel pequeño instante, quizá inventado, le tornó inesperadamente el espíritu de esperanza, sonrío, sacudió su aturdimiento, aceleró  y avanzó hacia su destino.

 

Saludos desde El Olimpo

 

Afrodita Repipi  

 

 

 

 

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