Ven

Me hubiera gustado tener más tiempo que vivir para llegar a ser una experta en el estudio del cerebro, porque, que de aquel gesto de ese hombre en la entrada del cine al recogerme  las entradas, me acordara de ti, no tiene sentido. Podría quedar bien conmigo misma y decir que fue porque me acuerdo de ti muy a menudo, pero me mentiría. Lo cierto es que pocas veces te asomas ya a mis recuerdos, tu imagen y tu voz ya casi se han difuminado en mi mente, tu nombre ya no significa nada para mí cuando otros lo repiten, y sin embargo, aún te debo de llevar muy dentro, porque la mueca del empleado del cine por alguna causa que solo el diablo sabe, me recordó a ti.

 

Baste decir que en lugar de disfrutar del envejecido Russell Crowe, me pasé el tiempo allí acurrucada en lucha con mi interior, queriendo apartar el flujo de recuerdos que extirpé cuando cortamos cordón umbilical tú y yo. El resultado fue una noche anodina, tan solo quería estar sola, desprenderme rápido de mi acompañante y poder imaginarte susurrando en mi oído “no te asustes, nena” cuando los disparos sobresaltaban a la audiencia. Quería ver la sonrisa de tus ojos brillando en la oscuridad de la sala y palpar ese lunar al acercarme a tu aliento. Pero no podía ser así, el roce de mis tacones en la moqueta del local, me hacía volver a la realidad, mirar a los laterales con angustia y saber que no estabas allí, que en tu lugar ya han pasado un par de sustitutos, a los que tuve que despedir cuando intentaron tomar tu puesto, y que muy dentro y a pesar de mí, tan solo querría que regresaras tú, o retornara yo, o volviéramos ambos a coincidir.

 

Me dirigí rápida a casa oyendo la irritante cantinela de quien me acompañaba, por qué no se callaba de una vez y me dejaba idear una respuesta a mis preguntas: ¿Qué habrá sido de ti? ¿Serás feliz como me amenazaste al irte? ¿Te debería buscar? ¿Por qué borré tu número? Créeme, que en aquel momento de desconcierto,  me sentí rota y sola. No enfadada, sino deshecha.

 

Despedida descortés, cierre con portazo de la puerta de mi casa, empezar a sollozar a gritos y meter mi cara en el grifo del lavabo, fue lo que precedió a mi ingenua búsqueda de tu persona en Google, en una caja de zapatos con fotos y en la agenda de aquel móvil antiguo donde quizá mi agresivo adiós no había hecho de las suyas. Pero fue imposible. Y si supongo que fue una casualidad lo que hace tantos años nos hizo coincidir a los dos, espero que sea una causalidad la que nos separó, porque ahora que me niego a olvidarte, necesito una razón para no sentirme estúpida.

 

Saludos desde El Olimpo

 

Afrodita Repipi

 

 

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