La enfermedad

Ella me miraba diría que casi divertida a pesar de que su estado era peor que el mío. Era bastante mayor, yo no sé… ¿cuántos tendría?, ochenta u ochenta y cinco años, quizá me quedaba corta. O no, o quizá era más joven y la enfermedad la había convertido en aquel saco de huesos, hundido en aquella silla enredada en cables transparentes. Recuerdo que cuando entré me sorprendió el sonido rítmico y estridente de alguna máquina que acompañaba a la anciana, y casi lo agradecí, porque apenas llevaba un minuto allí, cuando rompí en llantos. Ya no me importaba perder la compostura que siempre guardo, estaba enferma, muy enferma y tenía miedo, ¿qué me iba a pasar a partir de ahora? ¿qué iba a pasar con mis hijos, con mi marido, con mi familia?, y también estaba muy enfadada, tenía solo cuarenta y tres años, ¿por qué tenía que pasar ahora?. Yo tenía tantas ilusiones, proyectos y planes que vivir. Mis hijos viéndome enferma, inútil, mis hijos después que yo muriera, qué harían. Acabaría siendo un recuerdo en su vida dentro de unos años, yo que tanto les quería, tanto esfuerzo y amor puesto en ellos ¿para terminar así?.

Y la anciana, mientras, me miraba impasible. Pasó un tiempo hasta que mis lágrimas no dieron más de sí, entonces la vi metiéndose con dificultad una mano en el bolsillo de la bata de hospital, sacó lo que buscaba y lo alargó hacia mí. Realmente mi instinto hubiera sido gritarle sin educación alguna un “déjeme en paz”, pero la calma me devolvió la cordura, y me metí en la boca el caramelo que me ofreció de un sabor a anís intenso y desagradable. Me cabreó de nuevo haber sido tan dócil al aceptarlo, y sin embargo le sonreí. Ella hizo un gesto de “no pasa nada” acompañado del sonido de los cables adosados a su cuerpo. 

El tiempo que ambas llevábamos esperando que nos recogieran y la quietud de la anciana, se me estaban haciendo ya incómodos, hasta que de pronto comprendí que su silencio no respondía a la paciencia de sus muchos años, sino a que había fallecido, muerto, se había ido al más allá, a mejor vida o como quisieran llamarlo. Y yo, en lugar de dar la voz de alarma, me quedé un tiempo contemplándola. No sabría decir, si tenía semblante de paz, de sosiego o de miedo, realmente nada de eso. Si no fuera por el atrezzo hospitalario, hubiera parecido una señora más, sentada en  el banco de un parque cualquiera, viendo a las palomas picotear pan o al nieto jugar con la pelota.

Nunca sabré si aquello fue mirar a la muerte cara a cara, pero sí que tuvo el mágico efecto de hacerme aceptar lo que ocurrió, lo que vivo y lo que aún está por llegar. Ya no me planteo porqués que no tienen respuesta, me preocupo por los minutos desaprovechados a lo largo del día, me regocija saber lo poco que me importan las menudencias que hace nada servían para amargarme el día, y hasta me he llegado a aficionar a los caramelos de anís…Por lo demás, yo, como todos, de momento, vivo.


Saludos desde El Olimpo


Afrodita Repipi

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