Historias de A

A paso forzado la distancia desde su casa no dura más que escasos 10 minutos, pero a sus cinco años el camino se le hace aún largo. No es un recorrido fácil, tras unos metros decentemente construidos hay que adentrarse por un sendero salvaje, de matorral y piedras, que atraviesa los restos de la granja en la que ahora se asienta el lugar donde él vive. Mami le mira con preocupación cuando la lluvia o la nieve hacen casi impracticable la zona más agreste del camino, y no es para menos, porque entonces hay que levantarse más temprano ya que se tarda el doble en llegar al colegio.

Cuando camina en silencio, nota que Mami, por alguna razón que ella solo sabe, le mira pensando que está enfermo y para comprobarlo, le empieza a hablar de los cuervos o de las hojas de los árboles, que si son caducas, que si son perennes…si él responde, ve que su semblante se relaja. Pero en realidad, en sus silencios solo fabrica las historias que luego comparte con ella. Como cuando le contó que iba a construir un tubo muy largo desde el cielo, en el que al apretar un botón, sale la comida ya lista, de modo que Mami no tenga que preocuparse al llegar del trabajo. O como hoy, que le había prometido que con su varita mágica iba a hacer un hechizo para que Papi y Mami nunca envejecieran y así, nunca se irían como había hecho su abuelo.

En los veinte minutos de camino, le gusta sentir cómo Mami sostiene su mano con firmeza, a veces le divierte soltando y apretando cuando se cruzan con alguien conocido, él lo sabe, le guiña el ojo si él saluda a quien sea que vean, y acto seguido vienen los juegos con sus manos enlazadas, sin mediar palabra. La besa en el revés de su mano y el aroma a su perfume ligero le invade su nariz. Hay noches, en las que sin despertar, siente ese mismo aroma a su lado, y el sueño se hace más relajado, más profundo.

Al llegar a su destino, la magia de juegos, silencios y olor cambian drásticamente por el mecanismo de colgar abrigo, bufanda, gorro…entran algunos compañeros con sus padres, Mami modula su voz al verles, se vuelve más seria, no le gustaba alzar demasiado la voz a horas tan tempranas. Luego vienen los arrumacos, Mami le acaricia la cara, le abraza por detrás, le arregla el pelo, y él excepcionalmente se deja hacer, porque sabe que al cerrar la puerta del aula, llegan los dos segundos exactos en los que a ambos se les quiebra la mirada al despedirse.

Y ella no lo sabe…pero siempre desde la ventana se queda escondido viéndola subir al autobús…

Y él tampoco lo sabe…pero Mami dentro del autobús, se aleja mirando esa figurita de cinco años, escondida tras el visillo blanco, haciéndose más y más pequeñita…

 Saludos desde El Olimpo

 Afrodita Mami Repipi

 

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