Cenicienta

A menudo se acercaba las dos manos a la cara y aspiraba para oler el penetrante olor a la lejía que hacía horas había usado en los baños. Aunque pocas personas la pudieran entender, era un olor que la relajaba, ciertamente no el que usaría para una boda, una comunión o un fin de año, que era las pocas fiestas que se permitía frecuentar. Eran la edad, las ganas y el cansancio que la hacían preferir quedarse en casa, cocinar algo, aunque no se le diese muy bien, ver la tele por la noche y quedarse a veces a cuidar de la nieta. No tenía aún 60 años, pero en su vida todo había ocurrido demasiado pronto, al menos para los cánones que ahora se estilaban. Ella nunca lo decía en voz alta, que era de natural parca en palabras, pero lo pensaba: ” ¿cuándo se ha visto a una mujer  pariendo por primera vez casi a los cuarenta?”. Nada bueno traía eso de prolongar la “edad del pavo”. As í que cuando estaba en casa de Belén, la miraba de soslayo en los escasos momentos en los que se permitía una pausa de las faenas domésticas, y se preguntaba lo que ella diría si supiese que le producía vergüenza ajena, tan cuajadita, que Belén andaba ya por la treintena larga, y comportándose como si tuviera quince.

Belén tenía la irritante costumbre de mostrarse cercana a ella pidiéndole opinión sobre cosas que a ella francamente le importaban bien poco, “que si me queda bien este color”, “que si qué te parece el mensaje que me han enviado al móvil”. El aparato ese, engendro del diablo, Belén se movía a sobresaltos, con estúpidos saltitos cada vez que aquello zumbaba, sonreía hipócrita cuando desaparecía de la habitación con el móvil adosado a la mano y allá podía quedarse su madre, de visita, con el sorbo de café entre la lengua y la glotis o cualquiera de sus dos niños a medio comer u orinar, así hubiera un terremoto… cual cosa que fuera lo que el zumbido traía consigo tenía prioridad en la vida de la mujer para la que trabajaba.

Las dos criaturitas, qué pena le daban. No quería encariñarse con ellos, que ya sabía cómo acababan estas cosas, los niños crecían, o de un día para otro decidían prescindir de ella, y aunque no fuera una mujer de alardes sentimentales, la pena la invadía cuando de un día para otro dejaba de servir colacaos a niños ajenos a los que llegaba a querer casi como propios. La época en la que empezó a trabajar en casa de Belén, ya la había cogido curada de espanto, y aunque los niños no estaban a su cargo, no podía reprimir limpiarles los mocos para que no se le cayeran en la leche, cuando Belén estaba enfrascada con teclados, o fingir que se escondía detrás de la lavadora cuando el más pequeño, que aún no se adormilaba con la tele como el mayor, tenía ganas de jugar. Al salir de la casa por la tarde, a veces se le encogía el corazón, Belén incluso la miraba fugazmente con una mirada de súplica, de quédate aquí, pero se recomponía rápidamente. Y ella se iba camino del autobús, cavilando por qué el marido fantasma de Belén, que tan solo trabajaba a poco más de una hora de distancia de la ciudad, elegía verles únicamente dos días a la semana, o por qué los fines de semana no se quedaban en casa, disfrutándose, y en su lugar lo pasaban siempre en la calle: al desayuno, al aperitivo y hasta que las existencias de potito dieran de sí.

Belén a veces la miraba con envidia, y si dijera esto en voz alta, sabía que la audiencia se le echaría a reír. Pero ella sabía que estaba en lo cierto. Belén trabajaba con “glamour”, tenía un cuerpo esculpido en gimnasio de postín, dos niños con caritas de angelotes de iglesia y marido de excelentísima familia, y aún con todo, Belén secretamente codiciaba, sus cocidos familiares, sus domingos de bandejita de pasteles, sus noches de sueño profundo, su casa de barrio sin wifi y su ignorancia informática. Así que cuando llegó a su piso en la periferia y vio a su marido sacudiendo con desgana las facturas del gas y la electricidad, le sonrió con ternura y le lanzó un beso, él la miró sorprendido, ¿te has vuelto loca?…

Y rio antes de responder…”El olor a lejía, que me trastoca”

Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

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