Despierta

Algunos calificarán de antigualla a la película La Fuerza del Cariño (Terms of Endearment, James L. Brooks, 1983), de hecho, han pasado ya más de 30 años desde su estreno y aun así, ¿quién puede verla y no dejar escapar una lagrimita?. No creo que ni el libro del que parte la película, ni el guión posterior lograra casualmente conmover de forma generalizada a todos los espectadores con independencia de su sexo, edad o credo. Niños que pierden una madre, viuda que pierde a su única hija, enfermedad…Todo por desgracia nos resulta cercano, posible, y el tópico logra lo buscado –racionalmente- para hacer de esta película un éxito en su época, que incluso hoy en día cada vez que se proyecta en la televisión, obtiene muy buenas cuotas de audiencia.

Pero esa es la ficción, las causas que a uno le conmueven en la vida real varían radicalmente según cada individuo. A modo de ejemplo, uno de los casos que me hacen rechinar más los dientes es el de quienes claman contra las prendas de piel (el famoso “fur” que dicen algunos para parecer más “cool”…), por si alguien está  ya hiperventilando un improperio hacia mi divinidad, advierto que no soy defensora de su uso, pero la hipocresía, me fastidia. Primero, porque cuando los famosillos de turno se dedican a hacer campaña a favor de tal o cual, ya me provoca urticaria la causa que sea, segundo, por el hecho de establecer clases en el reino animal, llevar un abrigo de piel de nutria te estigmatiza, llevar zapatos de piel vacuna, no, ¿por qué?. Hasta donde mi ignorancia llega, la piel de vaca no se esquila siguiendo después el animalito en cuestión vivo y coleando cual ovejita lanar, ergo lo que llevas en la suela de tu zapato está tan muerto, como la nutria que calienta el costillar de cualquier kamikaze que se atreva hoy en día a lucir esa prenda. No voy a entrar en descripciones sobre la forma en la que se trata uno u otro animal. Injustas las dos, al menos a mis ojos occidentales.

Y de lo que más me fastidia, a lo que me conmueve más:

Una noticia feliz en cierto modo, reapertura de una escuela en Sudán,  y una imagen positiva, un niño escribiendo en su cuaderno, pero que a mí me dejó llorosa, triste, desesperanzada. Los porqués son muchos y supongo que fáciles de entender. Sin embargo, para mi sorpresa, le mostré la noticia a varias personas y su reacción discrepó de la mía, unos no se inmutaron demasiado, y otros consideraron mi reacción como exagerada, por las vueltas que le he dado (le sigo dando, ya veis). Al poco tiempo me enviaron este vídeo, con la advertencia de lo mucho que me iba a conmover:

Y abracadabra, no solo no me produjo la anticipada congoja, sino que me pareció una ñoñería, una patraña con mensaje ponzoñoso (los hijos solo se sienten orgullosos de los padres yuppies, como si ser estibador o camarero o limpiador, fuera una deshonra a ocultar, ¡manda …! Manda esos..).

No hay duda de que en la percepción de los estímulos –en individuos normales, y generalizando muchísimo-  influyen factores culturales, geográficos y otros más íntimos relacionados con la educación recibida. Pero debe haber algo más, cuando en iguales circunstancias , reaccionamos de distinta forma. No hace falta tampoco ir a ejemplos con grandes causas detrás. ¿Qué mueve a alguien a ceder el asiento a una persona mayor en un autobús atestado y a otro individuo, en las mismas circunstancias, a observar al anciano tambalear con absoluta indiferencia?

Parece que las perspectivas de futuro indican que vamos hacia una sociedad cada vez más indolente hacia el prójimo.  Difiero ligeramente, lo que yo observo es que cada día nos preocupamos más por causas muy loables, pero a la vez, muy ajenas de forma inmediata (la caza de ballenas, la contaminación del lago de Maracaibo, la capa de ozono etc.) y obviamos lo que tenemos al lado. Muchas veces por miedo, que es lo lamentable del asunto, las más por puro egoísmo. Sentir piedad del amigo, del vecino, del compañero, es un valor totalmente en desuso, cuántos “llámame si lo necesitas”, “cuenta conmigo” ficticios habremos oído y pronunciado a lo largo de nuestras vidas, cuántas veces conjugamos la insensibilidad con la solidaridad con total espontaneidad:  “qué morro mi vecina con gripe que me ha endosado a los niños vs cómo lloro viendo los pobrecitos niños negritos de África”, “que no talen más árboles en la Amazonia vs si mi compañero las está pasando canutas en el trabajo, no me meto, no me vaya a caer a mí el marrón”…

No es utópico pensar que está en nuestras manos armonizar todos estos sentimientos, que “mojarse” de vez en cuando es necesario sin que suponga ningún esfuerzo extra. Me niego a aceptar la propensión flemática en la que vivimos como algo natural porque aunque muchos nos hagan desconfiar con los “yo-a-lo-mío”, no hay duda, ¡cuántas veces me repito a este respecto!, nuestro instinto es sobrevivir, y para ello hay que cooperar con “el más acá”, dejemos el “más allá” para otra vida.

Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

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