Confidencias

La miró con un desconcierto sin reserva cuando la chica le hizo un gesto grosero con la mano al colocarse el codón en la boca. Fueron solo unos vergonzosos instantes hasta que comprendió que la intención era fingir una burda –aunque aséptica- felación, se dirigió hacia ella con desgana disimulada, ya no había vuelta atrás. Lo que siguieron fueron aspavientos más producto de la estimulación animal, que del placer. Aun hoy en día le costaba reconocer que en aquel deslucido ambiente de burdel, descubrió aquello que suelen decir que es el alma, porque mientras la meretriz manipulaba con eficacia de obrera soviética la fábrica de su cuerpo, su esencia vagaba de la tristeza, al extraño olor a desinfectante, de la irritación por haber acabado allí, a la congoja por la sordidez del lugar. Veía su erección como impropia de él, el sudor de su frente imposible de controlar, su organismo ajeno a su voluntad.

Tan abruptamente como empezó, la chica paró en seco su letanía de vítores y alientos con acento foráneo. El silencio devolvió su ánima a la cápsula del cuerpo, se oyó a sí mismo preguntar un apocado “¿ya?”, la chica le sonrió, aunque no pareció entenderle bien, con un gesto casi masculino se sentó en un banco y se enfundó automotriz el traje de lycra y los tacones imposibles. Y él se levantó apresurado a vestirse, quería asearse un poco, pero ella ya le esperaba con la mano posada en el pomo.

Cuando volvió a la estridencia de las luces de neón y al rumor de la música del bar, se encontró con alguno de sus compañeros, que le palmearon la espalda con menos entusiasmo que a la entrada. Se preguntó si acaso ellos también estuvieran deseando iniciar la fuga del lugar. Su conciencia burguesa se resintió al rememorar que ni se había despedido de la chica que se esfumó al traspasar la puerta, y más aún cuando una vez en el coche, cayó en la cuenta que no podía ni recordar ya su cara.

Cómo llegó a relatarle a ella aquella noche su experiencia con la prostituta es algo que aún le sorprende. Tenía la exasperante virtud de arrancarle todos sus recuerdos, de diseccionarlos y luego devolvérselos desprovistos de carga. Así que cuando ella le respondió al final de su relato con un: “¿Sabes?, los años atemperan los nudos del alma”, la abrazó fuerte contra su pecho, le revolvió el pelo al separarla y le dijo: “Eres aún más repipi de lo que presumes”.

 Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi  

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