Eterna

No negaré que llegué tarde a propósito al cementerio. No me sentía compungido, tan solo no quería saludar a nadie, tenía uno de esos días huidizos. Cuando me acercaba al lugar donde el cemento aún debía estar fresco, me di cuenta que había más rezagados como yo, y en un ataque de pánico por ser descubierto me refugié en la capilla del camposanto. Tan solo había un anciano encorvado, sentado hacia al altar, así que por no desentonar, hice lo mismo justo dos bancos atrás, tampoco tenía muchas opciones en aquel pequeño habitáculo tan desabrido.

Miré el reloj, y empecé a concentrarme en los recuerdos de mi reciente fallecido, que al fin y al cabo, para eso estaba yo ahí. En ello estaba, cuando oí un largo suspiro, seguido de un estertor que sacudió la espalda del anciano, no me dio tiempo a pensar mucho más, al primer lamento le siguió un sollozo in crescendo, mi primera reacción fue la de siempre, dejarlo correr, no era mi asunto, pero por algún pretexto inexplicable, me acerqué, le puse la mano en el hombro y le pregunté si se encontraba bien. El hombre ni se inmutó, pareciera que se esperara mi pregunta, al rato eterno, me miró, lo que pudo verme, con los ojos inundados, y ladeó la cabeza de izquierda a derecha. No supe si porque francamente, mi pregunta fue estúpida, o porque quiso ser sincero, y se refirió a su claro estado de  abatimiento.

Hice entonces algo que tampoco es habitual en mí, rebusqué en el maletín de mi ordenador el paquete de pañuelos de papel que siempre llevo, saqué yo mismo uno y se lo extendí, lo cogió sin rechistar, y se lo llevó directamente a los ojos, lo mantuvo allí  unos segundos, lo bajó y me pidió disculpas. Yo no le dije nada, al contrario, tras un breve silencio,  se produjo, mi tercera y última inusual reacción de la tarde, le pregunté con la mayor delicadeza que pude, por la tarjeta funeraria que tenía abierta justo frente a él, en la que había podido leer fugazmente un  nombre meloso de mujer y la fecha de hacía unos días.

-¿Su mujer?

-En cierto modo, me respondió.

Mi mirada debió reflejar perplejidad, porque siguió hablando con la voz aún entrecortada por el llanto previo:

En realidad, fue una mujer a la que amé mucho… Murió hace dos días, la enterraron hoy.

Suspiró y prosiguió, yo para entonces me había sentado junto a él, y le oía con la cabeza agachada.

Yo estoy, y siempre estuve casado… no me malinterprete…. Siempre he querido a mi mujer. Pero se puede amar a dos personas, ¿sabe?

Asentí convencido.

Aunque son amores distintos, dijo tras una pausa.

-¿La hizo usted feliz? Al final es lo que importa, le contesté.

Quiero creer que sí…Nos conocimos siendo casi unos niños – sonrió- Ella se fijó antes en mí que yo en ella, dicho sea de paso. Estaba…no sé…despistado, con una y otra chica, y ella era algo más joven que yo. A esas edades, no se fija uno en crías. Pero al final, sí estuvimos juntos. Luego, supongo que la inmadurez… es que nos conocimos tan pronto…cada uno tomó caminos distintos.

Muy tarde comprendí que nuestro destino era estar juntos…Así que cuando nadie lo esperaba, la realidad decidió imponerse. Nos amamos en secreto, por décadas – ladeó la cabeza – Pensará usted mal de nosotros…

Oh, no, no, no – le interrumpí, pensando en ti- créame que le puedo entender. ¿Ella también estaba casada?

Sí, como yo, tiene hijos…tenía. Eso la atormentaba, porque alguna vez tuvimos que mentir. Ella no quería mentir.

Tendrían que mentir mucho si estuvieron viéndose durante décadas…, me arrepentí al terminar la frase, pero a él no pareció molestarle.

Pues no, y crea que en el fondo hasta me orgullece decirlo. Vivimos mucho tiempo en distintas ciudades, hasta que me jubilé y volví a aquí. Durante todo ese tiempo, nos encontrábamos una o dos veces al año, me parecía poco, pero llegué a acostumbrarme a ese soplo de aire fresco que ella suponía para mí. Anhelaba aquellos días, la veía y me gustaba mirarla, imaginar que era mía. Aunque sabía que no lo era o casi lo fue. Ella quería a su marido, eso me consta, como también sé lo mucho que me quería a mí…y yo…-suspiró largo,  arrastrando las últimas palabras- yo nunca supe estar a la altura de las circunstancias.

-¿Qué quiere decir?

Que siempre me resistí a amarla. Lo hacía, qué duda cabe, pero me repetía que no, era incapaz de decirle poco más de un “te quiero” esporádico. Nunca le dije “te amo”, creía que eso solo podía estar reservado para mi esposa . A veces esperaba que ella lo dedujera de mis actos, nunca miré a otra mujer. Otras veces quería apartarla de mis pensamientos, me obsesionaba saberla tan lejos y que pudiera conocer a otro…La debía haber conocido usted.

Prosiguió antes de que yo pudiera preguntar cómo era

Tenía un temperamento fuerte, pero sabía ser dulce. Era alegre, imaginativa, contagiaba a la gente con su entusiasmo…demasiado a veces. Conocía a tanta gente, que yo me apartaba cuando la veía entretenida en las miles de cosas que organizaba. Luego volvía y nunca reprochaba mis ausencias, me miraba a los ojos, y así lo decía todo: que me echaba de menos, que me amaba más, y entonces yo enloquecía por sentirla. Salir de ella era un tormento y volver me hacía estar vivo.

Se paró cuando nuevas lágrimas empezaron a brotar de sus ojos arrugados.

-Por eso lloro ¿sabe?. Ni aún con ella muerta deja uno de ser un egoísta, solo pienso qué será de mí ahora.

Para entonces, su historia me estaba resultando tan familiar que me arrepentí por haberme escondido allí. Sentí el aire denso de la capilla meterse entre mis huesos, no quería estar ahí más. Me levanté, miré al anciano a la cara una vez más, leí una señal de asentimiento, y encaminé mis pasos a la salida. Una vez fuera, el frescor me hizo cambiar el semblante oprimido, llegué sin saber cómo al nicho que me esperaba, hice un simulacro de rezo y saludé a gente que no conocía, los quince minutos que estuve allí se me hicieron tan largos. Y ya en el coche empecé a escribirte esto.

Quiero que seas inmortal en mi historia, quiero que sepas que te amo, que no sé si se ama a una, dos o tres personas, pero yo a ti te amo. Que no te quiero mía, quiero que seas libre, tan solo a cambio te pido…que estés viva en mi vida.

Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

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