Propósito uno

Cada vez que veo a Rhett despidiéndose de la insatisfecha Scarlett con ese “francamente, querida, me importa un bledo” se me queda cara de póker. Que tras largas horas de metraje, aventuras y desdichas el tipo renuncie a su amor por pura tozudez, es algo que me cuesta digerir (en mi libre interpretación de la historia, él sigue hasta los mismísimos enamorado de ella, habrá quien piense lo contrario), aunque admito que es un final genial, para una película ídem.

Además un final realista. Y es que cotejando datos y estadísticas, a los que soy tan aficionada (¡já!), he llegado a la conclusión de que son mayoría aquellos que prefieren mantenerse en su orgullo aun a costa de perder algo o a alguien a quien quieran. Fijaos si no, cuántas guerras no se han librado por mantener el honor y el pundonor intactos, desde la Guerra de Troya 1500 a.C a 1490 a.C. (entre nosotros, Helena no era para tanto) hasta la mismísima y más contemporánea Guerra de las Malvinas de 1982 (entiéndase, por la parte che). Parece mentira que la estupidez humana llegue a tales límites con tal de no bajarse los pantalones.

A estas alturas, no hace falta que admita que yo pertenezco al bando “capitulador”. Soy una diosa coqueta y repipi, pero no orgullosa. Las escasas ocasiones que la terquedad ha primado me he dado de bruces con una victoria amarga, al perder la chispa que me hacía valorar el objeto de mi devoción. Ojo, que no quiero decir que haya que rendirse y conceder a granel, pero sí que hay que valorar la coyuntura, poner en una balanza lo que pierdes por protegerte estático en tu zona de confort, o lo que podrías ganar por arriesgarte y transigir en dar el primer paso. Sí, señores, ser el primero en ceder, ¿por qué no?… Jamás entenderé que esto pueda ser tan difícil. Ceder no es sinónimo de derrota, sino de madurez, de establecer el puente al diálogo y arreglar el desafuero, cualquiera que éste sea. Por otra parte, a la conciencia no la podemos engañar, sabemos bien cuando somos responsables de un problema, aunque hayan intervenido muchas otras circunstancias, así que transigir y pedir perdón, esta última, palabra mágica, ¿quién no se conmueve cuando alguien te pide perdón?. De las muchas contradicciones del ser humano, la que menos me gusta quizá sea esa, la de preferir exhibir odio y desprecio, con la errónea creencia de que eso nos hace respetables o graníticos, a la de mostrar compasión o amor, ¡si hasta incorporamos esta cultura de la arrogancia a nuestras expresiones!, el que concede es un calzonazos, un bragazas (que no se diga que no respeto la paridad de géneros…) pero ¿en qué se convierte el que no es capaz de dar ni un pasito adelante motu propio? Simplemente, en el que desprecia el valor de lo que tiene, y esto, queridos, es de imbéciles.

Dejo aquí enlace de un vídeo, algo precipitado hacia el final, con una canción de Tracy Chapman, amablemente subtitulado y “sobretitulado” en dos idiomas por JavierBlasSh. Gracias.

 Saludos desde El Olimpo 2015

 Afrodita Repipi

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