Sinvergüenzas

Hace mucho, muchísimo tiempo me contaron, me hicieron creer, que los esfuerzos se recompensaban. Que había que trabajar duro, que había que formarse y sacrificar diversiones porque el resultado de tanto empeño sería una vida color pastel. El hecho de que nadie concretara cuándo la exitosa conclusión iba a tener lugar, me debió hacer dudar ya en un primer momento, pero a veces la inexperiencia propia o la honradez de quien te da el consejo, bastan para que uno lo crea todo sin conceder espacio a la duda.

 Y así ocurrió…digo, así ocurrió, la primera parte. Pasas noches entre libros sobados y rotuladores fluorescentes, intentando no pensar que otros en ese preciso momento deben andar dando estertores al ritmo de la canción de moda, pasas veranos buscando programas estivales con los que reforzar lo que llevas machacando todo el año, cuando el fondo tu naturaleza te empuja a la tumbona y al protector solar. Bah, pelillos a la mar, que uno es joven. Llega el momento en el que inexorablemente, la titulitis aguda parece ya superada, los costosos títulos los aborreces tanto que se quedan en un rulo complementando tu fondo de armario, pero aun así, las ilusiones persisten en el espíritu. Lo bueno, entiéndase una nómina, empieza ahora. Y te enfrentas al mercado laboral.

 Como eres alguien tocado por la suerte, se te abren las puertas del desvirgue profesional bastante rápido. Primer contrato: auxiliar del asistente del ayudante . Humm … En esos momentos ya empiezas a verle las orejas al lobo de la realidad porque te planteas de qué te sirven los papeles que guardas en el rulo de tu armario. Pero qué caramba, si no tienes casi experiencia (salvo que contemos con las vacaciones invertidas en prácticas –dícese “exploto un estudiante y me ahorro un puesto de trabajo”- remuneradas a base de refrescos y conciertos gratis), hay que empezar desde la base para alcanzar la cúspide. Eso fue lo que me dijeron.

 Y pasan los años, como es lógico, y ya no estás tan abajito,  pero sucede que la cúspide te importa lo mismo que el número de granos de arena de una duna. Y todo porque un día cuando oyes el despertador sonando a horas infames, te haces un ovillo en la cama, y te cuestionas firmemente por qué quienes te querían te hicieron creer en una mentira, por qué no te enseñaron lo que de verdad se laurea en esta vida. Porque seamos claros, el trabajo y la honestidad rara vez obtienen galardón, ni la persistencia, consigue que tus sueños se lleguen a cumplir. Y no es que tengas un día pesimista, es que te empiezas a dar cuenta, que lejos de un paso adelante en el bienestar generacional, lo que ahora vives es un señor timo. Dedicas años de esfuerzo, para acabar comiendo en 20 minutos cada día solo, delante de una pantalla, mientras a tu único hijo lo cuida una extraña, mientras tu mujer también come sola, quién sabe dónde. Y que contra todos aquellos candorosos vaticinios que te regalaron tus progenitores, el resultado que ves delante de ti, mientras sostienes un tenedor de plástico sin Bisfenol A, es esa noticia de aquel banco al que fue a parar una cantidad respetable de dinero de tus impuestos, que bien podría haber ido a la construcción de aquella guardería al lado de casa, que permitiría que tu único hijo pudiera dormir a una hora decente, y ya puestos, te permitirías haber tenido más hijos, de contar con esas facilidades. Pero no, tu trabajo y el de tu mujer y el de tu vecino, han servido para sufragar los 15.5 millones de euros gastados  en comilonas, hoteles y cacerías por unos individuos que ni conoces. Pasas página y ves que el yernísimo de alguien al que nunca has tenido oportunidad de elegir, pero a quien le pagas hasta el papel higiénico, sí, sí, con el madrugón diario de toda tu familia, con el niño bebiéndose el colacao en el ascensor, con tu mujer que ni te mira porque le puede el cansancio, también se dedicaba a gastar tus millones y los de tu mujer y los del vecino, en darse la buena vida que tú cada vez pones más en duda vayas a catar. Empiezas a desear cortarte la mano cuando piensas que con ella depositaste tu voto, tu confianza, tu apoyo, en que te administraran representantes con contabilidades B, a quienes se le reproducen cochazos en el garaje por arte del espíritu santo, que bien podría haber fijado su atención en aquella anciana de 85 años, humillada en su vejez con desahucios perversos, tras creer ilusa como tú, que llevar una vida de afán y lucha, al final se recompensa.

 Y este domingo que fue el 83 cumpleaños de mi suegro, pelaba yo con misterio una gamba congelada con sabor a petróleo, que me tragué porque sabía el dispendio extraordinario que había supuesto a su pensión invitar a sus cuatro hijos, con sus dos familias, cuando oí a mi suegra preguntar a mi único hijo: “¿Iván y tú qué vas a ser de mayor?”. E Iván, el puñetero, dijo: “médico”. Y me levanté y pensé usar incluso la violencia para que no hiciera lo que yo, para convencerle que de mayor, de profesión, sinvergüenza. Pero tan solo me levanté, me dirigí al balconcito, abrí las puertas y respiré hondo. Y me exhorté,” debes hacer algo”, que miles de ilusiones no pueden vivir al antojo de un puñado de mangantes. Y fue entonces cuando le pedí a quien dice llamarse Afrodita Repipi, por favor, cuéntalo por mí.

(Y espero haberlo hecho bien. Saludos desde El Olimpo, Afrodita Repipi)

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One thought on “Sinvergüenzas

  1. Ese médico en potencia leerá, o debería leer, este texto. Mientras, considerémonos privilegiados por disfrutar de lecturas como esta. Sin duda, la mejor entrada de las publicadas hasta ahora.
    Enhorabuena, Repipi.
    Un seguidor-admirador-crítico-desalmado

    Le gusta a 1 persona

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