El otro 28

Tu hija siempre entra al autobús por la mañana al grito de “dónde nos sentamos”. Y después entra ella, más pausada. No me importa admitir que me gusta tu mujer, siempre con su abrigo azul de lana, el cuello levantado y esa expresión de “madresposa” satisfecha. No, no es fea tu mujer, se tiñe el pelo rubio, pero me gusta esa coleta despreocupada que siempre lleva colgando en la nuca. Y esa forma de mirarte de soslayo que tiene, que me hace casi siempre sonreír. Porque tú siempre entras el último, caminas taciturno, y no te das cuenta cómo ella con ese leve aleteo de ojos ya sabe cuál es tu ubicación y tu ánimo, en ese autobús atestado de extraños, a esas horas tan infames de la mañana.

Tu flema me desespera a veces. Cuando no hay asiento, veo a tu mujer sosteniendo a tu hija para que no sucumba a los frenazos incesantes del autobús, y tú siempre llegas tarde. Reaccionas, pero siempre tarde, te pierde mirar al móvil, al vacío o puede que incluso pensar en mí. Ella no, a ella se le caen las mechas recogidas en la coleta indolente, mientras sostiene a vuestra hija. Hay ocasiones, cuando estoy cerca, que a punto estoy de hablar con ella o cederle mi sitio. Pero temo tu reacción, lo mal que se te da disimular, cuando no deberías realmente hacer nada. Pero tu mujer, yo nunca te lo he dicho, es lista, es perspicaz, sí señor, no se me caen los anillos por reconocerlo. A poco que yo hablara con ella, me saludaría todos los días, y del saludo pasaría a la charla tonta, y de ahí a comentarte sobre mí, y yo ya te digo, tu mujer será poquita cosa en tamaño, pero sabe de matemáticas y de que dos veces tú oyéndola sobre algo trivial, y dos veces tú incómodo por tal conversación, equivale a cuatro veces las que ella me debe prestar más atención en el autobús. Así que cuando la veo con el abrigo azul de lana casi por los suelos, lo que hago es volver muy a mi pesar, la mirada hacia la ventana y entonces pienso cómo pasan las estaciones, que aún recuerdo a tu mujer con el pelo corto a lo garçon, entrando al autobús con tu hija colgada en su pecho en aquel portabebés rosa. Lo único que te han enseñado bien todos estos años son a verme sin mirarme, yo creo que es más la rutina que la alerta, la que ha logrado que aparezcamos como dos desconocidos después de tantos inviernos en los que mi cuerpo te atrapa y te extiendes dentro de mí. Y fíjate que a veces, cuando te despides de tu mujer mirándole a los ojos, cuando la besas con “te quieros”, la punzada de dolor me hace considerar mañana coger el 33 y no el 28, sin embargo, la costumbre de observar a tu mujer a las 7.30 de la mañana, se ha hecho de algún modo parte de mi vida, del código que descifra tus intenciones cuando tus manos empiezan a enredar mi pelo.

Y ahora que te espero aquí sentada, me doy cuenta que tengo mucho que agradecerle a tu mujer. Le reconozco las veces que sus ojos negros me han indicado que eres tan solo terrenal, pese a la adoración que te profeso, las veces que su boca te ha musitado con tristeza lo tarde que se ha hecho y en la que tú, miserable, la privas de consuelo, las veces en las que su faz aparece soñadora, cuando viaja sola en el autobús, que me demuestra que también se sobrevive sin ti. Y hoy te lo voy a aclarar todo y seguro entenderás por qué esta mañana, por fin, cogí el 28.

Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

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