Basado en hechos reales

Entre las muchas mentiras que una va deshaciendo cuando alcanza cierta madurez, está la de la reiterada ñoñez con la que te describen la maternidad, que lejos de ser una experiencia  maravillosa, acabas descubriendo, cuando ya tienes esa personita en tus manos, que es una carrera de obstáculos, en el más amable de los casos. Hoy supe que una gran diosa espera su retoño, Pablo, esta primavera, y me sorprendí a mí misma soltando la misma verborrea falaz que me tocó oír en su día, como si se tratara de un obligado código secreto a mantener en pos a la supervivencia de la especie.

Cuando terminé la conversación con ella, me la imaginé contando patucos azules para conciliar el sueño y pensé: “inocente”. Y entonces, en lugar de regocijo, me invadió el miedo, porque una anduvo en las aguas salvajes de la ignorancia durante largos 9 meses hasta que “Churumbel” por arte de bisturí, apareció delante de mis ojos. Y ahora ando dando vueltas a cuántas otras mentiras acerca de ser mamá aún me falta por aclarar, y me viene a la memoria aquel 28 de febrero, domingo, con visita agónica a la farmacia, en busca del ansiado positivo, que yo ni necesitaba, dicho sea de paso, pero  quería guardar varias muestras como testigo químico del milagro de la vida.

Y pasaron en un plis-plas aquellos largos meses de ideas falsas, en los que compras todas las revistas y libros del mercado, en los que oyes por los ojos abiertos como platos a las madres experimentadas, en los que buscas en internet estupideces tales como escribir “Churumbel” en macedonio y en los que tu cerebro ha mutado en Tony Manero (véase vídeo adjunto), de lo chuleta que caminas por la vida.

Y llega el gran día, que lo es, y continúas en las nubes de ramos de flores y arrumacos. Hasta que finalmente, una vez solos en casa, empieza el torneo. Ese ser de 52 centímetros y 3.120 gramos, con un colgajo en el ombligo, te mira con desafío, porque sabe que ya te ha ganado la partida. Y tú le miras a él, meditando un ¿y ahora qué hago?. Se te enciende la bombilla, y te acuerdas de la revista para mamis fashion, de aquel artículo que hablaba del aroma zen a utilizar en el dormitorio del bebé, cuando… Cuando ya ha pasado una semana, tienes el pelo a lo afro (nunca mejor dicho) porque no te ha dado tiempo a secarlo nunca más, caminas encorvada porque amamantar DUELEEEE, DUELEEEE, DUELEEEE, la única camisa limpia que te quedaba está llena de churretones blancos y huele a leche agriada, las ojeras te llegan a la barbilla, porque “Churumbel”, duerme como un bendito todas las noches, pero te da por pensar en aquel manual para dormir al bebé que te regalaron, y crees que algo raro debe sucederle para dormir tanto, así que te pasas la noche asomando la nariz por los barrotes de la cuna, hasta que le oyes roncar, y vuelves a la cama donde también ronca el otro responsable del pequeño tirano. Y en el insomnio provocado por la orquesta de ronquidos, te preguntas dónde fue a parar tu vida, recuerdas las revistas colores pastel y te dan ganas de ir al jardín y formar una pira con todos los engaños que te inyectaron durante nueve meses. Y lanzas un grito de terror, porque el jardín está lleno de nieve, que no hay dos sin tres, la meteorología también te la juega, es diciembre y no hay hoguera posible que ahogue tu impotencia. Y el padre de la criatura, se despierta y es capaz de mirarte con deseo, el muy ingrato, y una de dos, o le apagas el ardor con ojos de odio, que a estas alturas no está el horno para bollos, o te echas a llorar con gran desconsuelo, de la emoción que te embarga al comprobar que aún hay alguien que te mire como una diosa, para variar, y no como una central lechera.

Y pasa el tiempo, y te sientes lo suficientemente segura para desafiar a la adversidad, y decides volver a esa famosa cafetería para pijos grunge en la que antes gastabais las tardes de sábado leyendo el periódico o viendo pasar las horas. Logras a trancas y barrancas aparcar el cochecito del bebé, y justo cuando vas a dar un sorbo a tu caramel macchiato, le oyes llorar, que no cunda el pánico, hambre no puede tener, que la productora de alimento fue previsora, estará mojadito…já…pues no, le abres el pañal, y entonces…jurarías que le has visto sonreír… justo en el preciso momento que sientes el calor de la orina en tus ojos.  Del respingo que das el caramel macchiato rueda pringando el sofá, otrora grunge ,los empleados y clientela pijos te miran con desaprobación, te alegras de que el pipí de “Churumbel” sirva para disimular las lágrimas que ya te corren la cara. Y ya te marchas compungida, pensando en la dirección de cualquier hospicio en el que abandonar a la semilla de Rosemary, que encima llora con desconsuelo, cuando aparece aquella bruja con delantal verde y logo de cafetería USA, exigiéndote de malos modos que calles a un bebé de pocos meses…y es entonces que has oído a alguien atacar por primera vez a tu “Churumbel”, cuando descubres que todo tu ser dejó el capullo de crisálida inmadura, para convertirte pura y simplemente en MADRE… (Y porque me consta que hay menores que me leen, omito relatar las causas que redujeron a aquella bruja al tamaño del gorgojo de la harina).

Mi diosa amiga embarazada, si me lees, espero que disculpes que te dijera que todo lo que te queda por vivir va a ser estupendo. Porque como te he descrito arriba, aunque dentro de la pura anécdota, no lo va a ser. Tener un hijo va a dividir tu vida en un dramático antes y después, pero sabes qué, yo, que aún me muevo en la ciénaga de la incertidumbre, he logrado llegar a una conclusión matemática sobre la maternidad y es que el amor inmenso que embarga tu corazón como madre siempre será infinitamente mayor a los sacrificios que tal condición te van a exigir. Disfruta pues, con los pies puestos en la tierra, y concédete de vez en cuando el lujo de soñar en ti misma vestida de colores pastel, correctamente peinada y aseada, mirando con dulzura a tu precioso Pablo que te agarra con fuerza el índice y te mira a los ojos, mientras piensa: “te quiero, mami”.

Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

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