Amanecer rosa

El freno del motor le hizo volver a la realidad, el conductor había murmurado algo que apenas entendió pese a que el hombre se había esforzado por usar su idioma desde que se subieron al jeep. Siguió autómata al resto de sus compañeros que ávidos de alguna acción, se habían ya apresurado por salir, y fue justo entonces cuando se obró el milagro en ella. Nunca le ha quedado claro si fue el súbito frescor de la mañana, el olor indescriptible a una naturaleza extraña o el panorama de aquel amanecer rosáceo de horizonte infinito. Pero el caso es que en aquel preciso instante, le perdonó, se acordó de él, miró su reloj y le imaginó volviendo a casa, desaliñado, embutido en su coche y enredado en el cotidiano atasco, con sus “no puedo” cobardes en la guantera y con sus “te quiero” forzados de copiloto. Y le embargó una pena infinita por él. El rencor se desvaneció de golpe, el nudo en su garganta se deshizo aquel amanecer salvaje: “ya no te quiero, Quico”, gritó. Su compañera la miró inquisitiva justo en el mismo momento que un rugido escondido resonó peligrosamente cercano, el grupo al galope volvió entre alaridos al interior del jeep, ella sin embargo regresó tranquila junto al guía, y se preguntó si acaso el hombre entendería el verdadero porqué de su semblante, cuando la miro a los ojos y le asintió cómplice con una sonrisa.

 Y aquel inesperado 14 de noviembre, el motor arrancó la vida de Esperanza de nuevo.

 Saludos desde El Olimpo

Afrodita Repipi

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