Terroristas en pantuflas

Estalla una bomba, recuento de fallecidos, de heridos, los terroristas reivindican su autoría, acaso expliquen el porqué, si es que hacer daño tiene alguna explicación. Y entonces vienen las condenas y las repulsas de toda la comunidad, hay que  compensar a los damnificados directos e indirectos, si acaso que te agredan “porque sí”, pueda ser resarcido.

Barbaridades de este calibre, no suelen pasar todos los días. Lo que sí ocurren, son pequeños actos de terrorismo, porque no nos engañemos, la bondad coexiste con la maldad, con ese delincuente en pantuflas, que hace de la vida a veces, solo a veces, un lugar desagradable. Desde que el hombre es hombre, siempre ha existido un garbancito negro de discordia, pero hoy en día, la cuestión se dispara a través del nuevo maná que supone internet.  Siempre he pensado que las herramientas no son el problema, sino el uso de ellas. Y sé que redundo sobre este tema e insisto, una red social, no es un problema, muy al contrario, es una respuesta humana a nuestra tendencia natural a interrelacionarnos, pero igual que maravillosamente te permite conectar -en todas sus variantes- con personas que hace cuarenta años sería materialmente imposible conocer, también te pone al alcance de esos individuos que se levantan por la mañana a bombardear tu existencia, con igual motivo  que los descritos arriba: “porque sí”. El anonimato de internet es caldo de cultivo para esos terroristas agazapados en una vida anodina que tan solo necesitan el chispazo del encendido de su móvil para convertirse en auténticos psicópatas. Puede ser el individuo que te vende el pan por las mañanas, el que va sentado a tu lado en el tranvía, tu mejor amiga o quien cuide de tus hijos. Puede ser cualquiera. En lo que sí coinciden psiquiatras y psicólogos (buscad, que antes de escribirlo, yo lo hice) es en la baja autoestima de quien perpetra estos actos de jodienda doméstica.

Hay quien trafica sin beneficio de retorno alguno, con la información que compartes, con tu intimidad en forma de imagen o conversaciones privadas, hay quien se dedica a jorobar tus ilusiones, aunque éstas sean de lo más inocentes, o a propagar con saña mentiras sobre tu realidad, que en último caso, te concierne solo a ti . ¿ Y sabéis por qué? Por el simple placer enfermizo de aterrorizar a la gente, porque experimentan gozo al subyugar a través de la red, porque una vez salen a la calle, las hormigas aplastadas, los parásito acomplejados, son ellos. Y esto no solo es grave, es triste, es penoso. Uno de mis más avispados amigos en la red, siempre recomienda: no compartir. Pero yo discrepo. Aceptarlo es tolerar el chantaje de estos terroristas en pantuflas. Sería como no salir a la calle, porque un día va a caer una bomba, como la que comenté al principio, y esto afortunadamente, no lo hacemos ninguno, porque ante los terroristas, alzamos aquellas manos pintadas de blanco, con la valentía de las gentes de bien, frente a la vileza de quien tira la bomba y se esconde cobarde.

Me duele ver gente estupenda con el aliento vejado, víctima de estos enfermos, y honestamente, me gustaría poder hacer algo más que escribir mi enojo. No gozo de la buena virtud de aconsejar… pero sé escuchar, sobra decir cómo me podéis encontrar.

Saludos desde El Olimpo.

Afrodita Repipi

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